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Una dulce tormenta

Reencontrándonos acaricie su mentón como aquella ultima vez en el parque. Deslice sus pequeños mechones de cabello que cubrían su rostro, para poder ver fijamente su mirada cuando la fuera a besar. Estaba tensa y risueña, algo nerviosa por verme de nuevo, afligida quizás por que despertaron otra vez los sentimientos o tímida tal vez por no querer volver a encenderlos. La tome de la mano y caminamos juntos por la calle donde dormían los vagabundos, había unos drogados otros enfermos, y (los que mas me sorprendían) unos pocos que siempre cargaban con un libro a la mano, pero nadie nos distinguió.  Ninguno de los dos hablaba pero con la sonrisa que teníamos en la cara era suficiente para entendernos. No había sol ni el cielo estaba despejado, las nubes eran de un gris macerado, de época de invierno. Nos detuvimos frente a una silla y nos sentamos, ella estaba inquieta y tenía que saciar su ansia. Saco la cuchara, calentó la heroína disuelta en el líquido, saco la jeringa y se la aplico. Su brazo ya estaba realmente destrozado por tanto consumo, igual que el mío. Me dejo una pequeña porción. Estábamos ya serenos observando como se movía el día, sin percatarnos de la realidad que teníamos a nuestro alrededor. Nos agarramos fuertemente de las manos y empezamos a reír desaforadamente, sin miedo, sin limitaciones a la alegría. Nos mirábamos y más nos reíamos, quizás habíamos estado nostálgicos mucho tiempo, pero ahora era momento de estar feliz y más aun cuando la razón de esa felicidad era: Ninguna. Y sin embargo aun nadie nos notaba. Sonaron los truenos y ella se aferro a mí en un abrazo, siempre le ha temido a los fuertes y plenipotenciarios truenos. Empecé a acariciar su abundante cabellera y me di cuenta que su mirada estaba fija en una niña al lado de la acera. La pequeña carecía de un pie y la mascota que tenia en sus manos, una pequeña rata, salió corriendo, escapo. Ella intentaba correr pero no podía, caía, se volvía a levantar y caía,  histérica y desesperada empezó a llorar, pero siguió corriendo y cayendo. Deje de acariciarla por que me di cuenta que esa escena la había conmovido y estaba llorando. Le levante la cabeza la mire y le seque las lagrimas, que bajaban por sus mejillas, con mis manos. Pero su llanto era incontenible, yo por una razón que desconozco empecé a llorar también. Derramábamos gotas de furia, de dolor, de miedo. Escupíamos gemidos que salían desde nuestra alma. Gemidos de inconformidad. Pero aun así nadie nos notaba. Nos calmamos, se recostó en mis piernas. Por un rato la miraba y la despreciaba por haberme enamorado, por haberme hechizado, por sufrirla, por amarla, por odiarla, por desearla.  Pero en otros momentos la observaba con admiración, por seguir acá a mi lado, por dejarse amar, por darme sus besos, por darme su risa, por darme sus labios y su bella piel. Sonó el último trueno, y ella me abrazo fuertemente.
Cayo la primera gota y le pregunte: ¿Qué dices? Se rió, me agarro de la mano y salimos corriendo hacia el pasto. La lluvia empezó a caer con fuerza, los dos gritábamos, jugábamos y en especial nos mojábamos. Nos sentíamos parte del agua del cielo, no nos importaba el frió, o la gente, ni nos importábamos el uno al otro. Solo importaba el momento. Yo me quite la camisa y se la arroje a la cara, ella se quito su blusa y me la arrojo al rostro. Estábamos bajo nuestra lluvia, ella sin nada de la cintura para arriba solo con su brasier y yo con mi torso al desnudo. Pero sin embargo nadie nos notaba. Nos tiramos al pasto a recibir a las gotas para que cayeran en nuestra piel. Ya estaba anocheciendo y se nos hacia tarde para morir. Saco otra vez la cuchara, calentó el líquido con la heroína y nos dimos el placer de una segunda dosis. El cielo al cabo de unos minutos se despejo y de manera vil y audaz salió la luna a secarnos.  Ahora yo me recosté en su hombro, grite sin medida que la amaba, que no se fuera a desaparecer. Ella lentamente delineo mis labios con sus dedos, se hizo a un lado y dejo que mi cabeza posara contra el pasto para poder descansar. Me acaricio el cabello me miro a los ojos y me dijo: Duerme. Me beso de una manera pasional, con fuerza, como si fuera la ultima vez que podría probar su boca, tan carnosa, jugosa y deliciosa. Cerré los ojos y caí rendido a sus pies. Y nadie nos noto.
Escuche varias voces, reconocí una, la de mi madre, pero había otras dos voces masculinas que no lograba percibir muy bien. Sentí que me cargaron y me pusieron en una camilla, sentí como ponían la mascara de oxigeno en mi rostro. Seguramente me llevaban a una ambulancia. Alcance a abrir los ojos y reconocí mi cuarto, mi cama y mi mesa de noche, en la cual había mas de siete jeringas de heroína totalmente vacías, posando ahí, al lado de mis libros. En ese momento caí rendido a la eternidad para poder besarla en el cielo, donde ya me estaba esperando. Para que por fin el mundo nos notara, notara nuestra ausencia.

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