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Métete en mis ojos.

Me gusta como estas. Falda roja como los tomates secos o húmedos, no se. También complementas esa forma de caminar con un mirado de felino, siempre apacible a el sol, a las nubes, a las violetas. Pero sin embargo lo primero que haces es recostarte en el sofá, mirar el cielo y darle una calada a tu cigarrillo, y mierda, si que tienes temple, me digo yo. Te paras me miras y ni me notas aunque sabes que te quiero besar, que te quiero invitar a la playa a tomar cocteles o irnos en crucero hasta Madagascar. Lo sabes pero sigues caminando hacia la ducha.

Te veo la silueta y me digo, mierda, como no soy barco para navegar esa piel. Me imagino la vida de marinero en tu cuerpo, y como será ir de pesca en tu cabeza, llenar mi malla de tus pensamientos. Me hundo en un vaso de whiskey y me quedo viendo el piso, que se convierte en olas y a la vez en mareo, que dibuja fantasías ante mis ojos. Que vida tan loca, me digo.

Sales y los rayos de la mañana te arañan la piel. Nos vamos a la nada, te digo. Me miras y sonríes diciéndome claro que si, nos vamos a donde quieras ir, y yo te dejo siempre escoger el destino. Claro que si me dices en los ojos. Claro que si. Empacamos un martes a las 9 am.

Me pongo la chaqueta de cuero, las gafas de aviador y mierda que arranco la moto. Mierda que parezco volando en el asfalto. ¿Será que alguna vez podremos atravesar el piso? Te veo detrás de mí con el pelo alocado, también viajando al compás del viento, como drogado de nitrógeno, en sobredosis de oxígeno. Como yo en sobredosis de motos. Gasolina. No hacemos nada más que viajar, las olas de Bogotá, los travestis de la Jiménez, los burdeles de la 22, la magia peculiar del centro, las drogas de Rock al Parque, la magia del Reggae,  por ahí vemos pasar uno que otro burguesito marica. Y tú me ves, y yo me rio. Y me dan ganas de besarte justo en la mitad de la lengua, diciéndote, quiero probar el rastro del tabaco de tu boca, y sabemos lo que queremos. Nos fumamos un cigarro con toda la calma y seguimos viajando. Mierda que vida tan simple pero tan risueña.

Llegamos a la Calera, desbordamos cerca a los abismos como queriendo dejarnos caer y sentir literalmente que se siente los segundos antes de la muerte. Pero bah para otra ocasión será, mientras seguimos drogados con los elefantes de las nubes que nos han olfateado desde que salimos. Estos animales están hasta en la sopa, cagada esto, pienso yo. ¿Cómo será comerse los elefantes de nubes en la sopa de espinaca? Al preguntarme esto me doy cuenta que estoy cagado, más que esos animales. Como quisiera a veces ser un perro y rascarme hasta las gónadas, hasta el lomo de la espalda, poder tocarme un ojo con mi lengua, pero odiaría los gatos y la lechuga.

Llegamos y nos bajamos corriendo, rodamos por un potrero hasta caer en un pastal que es una bola de algodón y que huele a vaca. Nos quedamos respirando, somos de esa gente rara que se da cuenta que respira y que le gusta. Mierda sí que estamos mal, me dice ella. Y te miro y te quito el pelo de la cara y descubro un par de esmeraldas incrustadas a los costados de tu nariz, me imagino siendo minero y encontrándolas y limpiándolas y siendo rico de ganas, de amor, de licor, de brandy y de bulldogs tuyos y de labradores míos.

Nos besamos, nos miramos, nos revolcamos en el pasto y vemos de nuevo hacia arriba pero ya son estrellas escupiendo luz, que loca la luna, siempre ahí sin hacer nada, dando vueltas sin poder hablarnos. Creo que ella también está mal. Sé que es la última vez, solo te miro, y me miras. Y así nos quedamos solos, sin vacas, ni mierda, ni olor a moto, ni viento drogando nuestro cabello. Saco el libro y te leo un poema. Y lo vuelvo a leer. Tu sacas la guitarra y cantas y así estamos y nadie está. Y mierda, me digo, si que somos cosa pesada, si que somos un soplo nada más. 

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