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Vestigios de ti

Hoy es un día en el que una parte de mí se queda vacía. No es fácil compilar todo en simples frases, porque para estas cosas se debe tener valentía infinita y cada letra duele mucho más que la anterior. Por eso es que me tiembla el lápiz escribiendo esto, las fuerzas son tantas que se me salen por la sangre: ‘’La misma que viaja en alcohol sonriente y que en jeringas sostiene un sueño de felicidad’’.

La puñalada fue certera, directo a mi nube. No dejo ni un rastro de cielo en mi horizonte, o quizás en el de ambos. La herida se convierte en abismo y voy cayéndome de a pedazos pensando que abajo me espera un colchón de plumas, o si no me habré condenado. Pero no es simplemente eso, parece que en la caída me voy perdiendo aunque se dé dónde vengo y a donde voy, recordando esos vestigios que se sienten en el aire, llegando a mis pulmones convirtiéndolos en tu pum pata pum de piedra y saliendo como gaviotas esperando la presa para devorarla. Y es que todo a mí alrededor se baña en olvido pues vivía en tu arcoíris, nadando por el mar de los interminables colores que ahora se difuminan poco a poco, por mi propia voluntad.

Manejo el boceto a mi antojo, no sé si bueno o malo. Cada trazo que doy no es trivial, posee bajo si un interminable tinte que me lleva a caminos olvidados donde antes era artista, con mis miles de dibujos colgados en mis ventanas para que con el viento llegaran hasta tus oídos. Así sientes como marca cada punto, cada pintura, cada detalle, cada pincelada. Y sin embargo eras más ojos que sonidos y no escuchabas los susurros que he creado para ti en cada cuadro.

Ahora me he enfrascado en mí, me recorro por dentro hasta el último laberinto. Perdiéndome en el, corriendo, huyendo, salvándome, esclavizándome, atándome a mis cadenas y volviéndome a desatar, logro saber que también existo y que en el espejo no soy un simple fantasma. Pues mi error fue no sentirme dueño de mí, no saber que aquel que lloraba era mi reflejo, que caminaba en círculos, a propósito, para no verme. Mi error fue sentirme tu dueño y en tus aguas te produje tempestad y ahora me dormiré en ellas, para calmar nuestra sed. Sed de ser locos, el uno por el otro. Sed de que el sol de brillo a tu ventana cuando una mañana vuelva a escuchar tu voz: cándida e inigualable. 

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